martes, 1 de julio de 2008

LA IMPERMANENCIA DEL TERRITORIO

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Confieso que tengo múltiples miedos. Estos miedos son los limites de mi territorio, ellos lo despiezan, lo constriñen, y lo conforman. El territorio es como una inmensa red tejida con una infinita variedad de gemas centellantes. Cada pieza, cada gema refleja todas las demás, y de hecho, es una con todas las demás. Nosotros construimos el territorio, le damos forma con el conocimiento que de él recreamos en nuestra mente. Lo creemos dual, y a veces, multivariante, aunque realmente es solo uno y también multiple.

Mi amiga A*2, me contaba el otro día, la extraordinaria intervención pública de una ave política. Me lo contaba con esa pasión que ella pone en todo. Como, en un momento determinado, expresó los limites de su territorio, y ante el aplauso del auditorio, construyó para todos un territorio, le dio forma y lo transcendió para que fuera usado por todos los asistentes. Contando los limites de su historia, identificó un territorio de todos y para todos los asistentes.

El territorio es humano, no solo es infraestructuras. Con cada cambio, con cada conocimiento nuestro se expande un poco más y nuestra visión de él se vuelve mas profunda y mas amplia. No nos damos cuenta que el territorio lo hacen las personas con sus limites y con el cambio continuo de estos. Trabajemos con los cambios ahora mientras estemos gobernando. Solo nuestra creencia en la permanencia, en que nada cambia, y en la mercantilización de los actos territoriales nos impide aprender de los cambios con que las personas van definiendo los territorios.

Las infraestructuras son solo instrumentos para entender mejor los cambios territoriales, pero son los ciudadanos con sus limites vivenciales los que van continuamente dandoles forma. No tendríamos la menoR oportunidad de conocer el territorio, si solo se produjera este una vez, sino cambiara continuamente. Pero afortunadamente, el territorio es como una danza del cambio.

Cada vez que oigo el mormullo de un arroyo, las olas que rompen en la orilla, el movimiento de un tren, el ajetreo de las calles, oigo el sonido de la impermanencia del territorio. Estos cambios que los ciudadanos reconocemos y provocamos, son nuestros lazos con el territorio, con la política si descubrimos la red de relaciones que la forman. Son su pulso, su latido, y nos incitan a soltar todo aquello a lo que nos aferramos.

Si queremos entender el territorio, aceptemos que son los ciudadanos con sus limites, miedos, alegrías e intereses los que lo forman, son las relaciones de cambio de las personas las que lo construyen o deberían serlo, si no se lo usurpamos o lo mercantilizamos, que viene a ser lo mismo.

Os recomiendo que escucheis a Toots Thielemans y Kenny Werner, con calor y a las 12,30 de la noche, si os gusta el jazz. Buena Suerte

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