Lo importante es que los agentes, los ciudadanos participen, se involucren en la vida urbana. Hay que establecer conexiones que permitan que las personas se reconozcan en los ecos y las rimas de la ciudad. Objeto y sujeto no pueden convivir ajenos uno del otro, este divorcio margina la ciudad de sus habitantes, el afecto urbano desaparece y la ciudad se convierte en un puro objeto mercantil, sin significado, solo con valor de venta y plusvalía.
Se trata de situar con cuidado las piezas urbanas, las escenas narrativas, como si estuviéramos haciendo un collage, pero repleto de conexiones potentes. La vida de las personas, física y mentalmente, están dentro del collage urbano, aunque se rijan por un orden diferente. Pero ambos ordenes no pueden estar divorciados. Ambos, objetos urbanos y sujetos urbanos, tienen que encontrar un pacto de entendimiento.
En la vida contemporánea ambos tienen ordenes diferentes, pero no tienen porque estar divorciados o mejor no tienen porque no entenderse, no colaborar entre ellos. Ambos deben descubrir las historias de cada uno a medida que avanzan. Al descubrir, reescribimos nuevos ordenes, buscamos nuevas formas apropiadas, estilos y movimientos.
Todos los símbolos y metáforas con las que culturizamos el discurso urbano llegan después, aparecen de una forma natural a partir de las historias que elaboramos, pero nunca empiezan antes. Existe un antes y un después, y el después es gozoso y culto, si el antes ha sido acertado.
Nuestro presente no está suspendido en el vacio, es posible que nos lo quieran hacer creer, pero no es cierto, hay un hecho urbano, una historia y unas formas detrás, que pueden ser mas o memos traumáticas o encontrar situaciones limites, no importa, en los momentos críticos divisamos el orden total y los guiños que nos manda , desde el divisadero. Yo pienso en imagenes, me coloco en una silla, y a veces pienso o vuelco mis sentidos en el exterior.
1 comentarios:
En primer lugar, enhorabuena por este espacio de reflexión, donde me encuentro perfectamente identificado. Al fin y al cabo, este territorio, el de Internet, no tiene límites, porque, en apariencia, incluso el ciudadano se siente más libre. Leo este post y pienso: la ciudad lejana a sus ciudadanos y ciudadanas, y el espacio público (cuando lo hay) lejos de sus propietarios. Qué mal lo han hecho los urbanistas en este último siglo y comienzo del actual. Parece exagerado. Comparto plenamente que los límites del territorio son los límites de la acción humana cuyas fronteras las marca el miedo: Territorio, ser humano y miedo. Pero entonces llegó el mercado y sí que puso límites, límites a la libertad, límites a la justicia social, límites a nuestro espacio público. Triunfaron y triunfan aquellos que piensan que la libertad comienza por el mercado, la oferta y la demanda, el suelo por las nubes. En estos tiempos que corren la ciudad ya sólo puede entenderse como vida, la ciudad es tiempo vivido y por vivir. Así sólo podremos pensar en ciudad para la ciudadanía y no para la más triste acumulación de seres humanos. La ciudadanía como centro del urbanismo, del planeamiento. Cuando paso por el costado de Miraflores o de San Andrés, no veo ladrillos, veo un tetris de vidas (soledades y familias), no veo edificios. Sólo veo el vacío entre moles. Quien lo permitió condenaba a una generación a la cadena perpetua de la ventana sin sol, de la abuela que viene y no tiene adónde mirar. Esa herida está abierta en medio mundo y en el futuro, espero equivocarme, veremos las consecuencias. Todo pasa y todo llega.
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